03 de gener, 2006

Bono y la igualdad

Dice José Bono en una entrevista publicada ayer mismo: “La antigua Yugoslavia vive en la desgracia por haber defendido la pureza sobre el mestizaje, las diferencias sobre las coincidencias y la desvertebración sobre la unión. (…) Lo ocurrido en los Balcanes muestra la necesidad de proclamar la radical igualdad de los seres humanos y lo nefasto que es exacerbar las diferencias.”

Algunos lo interpretan como un aviso sobre la situación en España. Más allá de lo afortunado de la comparación, las palabras del minstro de Defensa merecen un par de comentarios. El primero sobre si, efectivamente, la igualdad –valor básico de los socialistas- es un valor contrapuesto al de la diferencia. En el PSOE hay sectores que han puesto el grito en el cielo ante el Estatut, precisamente con el argumento de que puede traicionar, queriendo o no, el valor igualdad.

Sin embargo, los socialistas catalanes creemos que la reforma federal de España, así como el reconocimiento de su pluralidad nacional e identitaria, no sólo no va contra la igualdad sino que, todo lo contrario, es un requerimiento suyo.

Pongamos que la igualdad, en democracia, se concreta en derechos. Pongamos que entre la colección de derechos de ciudadanía están los derechos cívicos, los políticos, los económicos y sociales, pero también los derechos de identidad. Pues bien, si todos los ciudadanos son iguales, todos deben ver protegidos por igual sus derechos, muy prioritariamente los económicos y sociales, pero también los de identidad (cultural, nacional, lingüística).

En la España no castellana hay un cierto sentimiento difuso de que no todos los ciudadanos tienen igualmente protegidos sus derechos de identidad. Se percibe que los ciudadanos que pertenecen a la identidad mayoritaria tienen, en este aspecto, sus derechos mejor reconocidos que el resto. Así, por poner ejemplo, el difícil uso de las lenguas cooficiales en el Congreso.

Así, la protección de la diversidad no es una necesidad derivada de un valor distinto e, incluso, contradictorio con la igualdad. Todo lo contrario. Sería una obligación derivada de la igualdad de derechos de los ciudadanos, si reconocemos entre éstos -como no podría ser de otra manera en democracia- el derecho a la propia identidad lingüística, cultural y nacional.

En segundo lugar, se aprecia en las palabras de Bono una cierta contradicción entre la primera frase y la última. Contrapone al inicio “la pureza” (negativa) con “el mestizaje” (positivo); pero opone al final “las diferencias” (negativas si se exacerban) con “la radical igualdad” (positiva). ¿Sí al mestizaje pero no a las diferencias? En cualquier caso si, como parece querer decir el ministro, la garantía de la paz reside en la defensa a la vez de la igualdad y el mestizaje, cosa en la que estamos de acuerdo, entonces habrá que encontrar un modelo de convivencia democrática en la que todas las identidades sean reconocidas por igual, más allá de su carácter mayoritario o minoritario.

Por último, debería saber Bono que, en muchas partes de España, es él y su discurso el que es percibido como nacionalista. Como nacionalista español: partidario de la homogeneidad (pureza) nacional; opuesto al reconocimiento del mestizaje cultural, lingüístico y nacional propio de la Nación española; como alguien que utiliza el valor igualdad para obstaculizar el igual derecho de todos a la propia identidad. Como socialista sincero que es, debería demostrar que su defensa de la igualdad nada tiene que ver con un nacionalismo –el español- tan particular y peligroso como cualquier otro.

El Mundo Catalunya, 3 de gener de 2006

29 de desembre, 2005

Zapatero y la historia

Existe un célebre documental donde Franco, una vez terminada la guerra, con el fin de hacer propaganda de cara a las potencias europeas extranjeras, hace una arenga en inglés sobre los principios fundamentales del nuevo régimen. El discurso termina con una proclama en la que el dictador, brazo en alto y con su ridícula voz de falsete, sintetiza su ideología en tres conceptos clave: “¡Family! ¡Country! ¡Religión! ¡Viva España!”.

La República, en efecto, había tocado todos los temas sagrados para la España eterna de la derecha. Había impulsado la incorporación de la mujer a la vida civil y el mundo del trabajo, había intentado reducir el poder de la Iglesia en la vida pública, había promovido un reconocimiento de las naciones históricas que emergían, después de largo tiempo de ocultación, en el seno del Estado. La guerra, pues, se hizo contra estas reformas, supuesta fuente de caos social; el franquismo había venido para restaurar el orden.

Zapatero, con más o menos consciencia, ha generado un paralelismo con la España de los años treinta. Ha tocado los ídolos preferidos de la derecha. Con la legalización del matrimonio homosexual ha disparado contra la línea de flotación del concepto conservador de la familia. Con la LOE, ha deshecho el proceso de re-confesionalización de la escuela que había emprendido el PP con la LOCE. Ha atentado contra la concepción nacionalista (española) de la unidad de la patria con la reforma sucesiva de varios Estatutos de autonomía.

La transición fue ambigua. Abrió la puerta al Estado de las autonomías, pero redactó el artículo 2 de la Constitución bajo la tutela de la cúpula militar franquista. Garantizó la aconfesionalidad del Estado, pero a cambio de un Concordato que sitúa a la Iglesia católica en una situación de preeminencia. Permitió la reincorporación de los perdedores de la guerra civil –PSOE, PCE, ERC, UDC, PNV, etc.- a la vida política a cambio de imponer la amnesia colectiva sobre la historia reciente.

Zapatero, sin salirse de los límites constitucionales, sin romper con el espíritu de la transición, intenta, con una mezcla de firmeza y talante, superar estas asignaturas pendientes de nuestra democracia. Busca la interpretación más laica posible del Concordato; explora la interpretación más federal posible de la Constitución; abre el debate sobre la memoria histórica sin revanchismo, pero dando a las víctimas de la guerra el reconocimiento que hasta ahora la democracia les había negado.

¿De la mano de quién lo hace? De la mano de misma mayoría que lideró la República y que perdió la guerra: socialistas, nacionalistas de izquierdas, comunistas, etc. Las fuerzas herederas de la República han vuelto al poder sin saltarse las reglas de la transición. Quienes en 1936 sí se saltó las reglas fue la derecha de entonces: montó una guerra y alcanzó el poder haciendo trampa. No aceptaban la legitimidad de aquella mayoría republicana.

Hoy, como entonces, tampoco aceptan la legitimidad de un gobierno de izquierdas, laico y federal. Esta vez, al menos, se han lanzado a una guerra sólo mediática, a base de calumnias y falsedades. Seria muy triste que la izquierda de hoy fuera desalojada del poder nuevamente a base de métodos deshonestos, y por los mismos motivos de antaño: family, country, religion.

Por suerte, la mentira de hoy no tiene nada que ver con el alzamiento de ayer. Pero ambos casos indican un desprecio profundo por la democracia. Por favor, no hagamos ninguna concesión política a aquellos que, para conseguir sus objetivos, se saltan las reglas del juego.


El Mundo Catalunya, 21 de desembre de 2005

Rajoy, deja la paja en paz

Sí, Mariano, sí, tiene Ud. razón. España es una Nación de ciudadanos libres e iguales. Pero resulta -¡ay, que mala suerte!- que entre los derechos de los ciudadanos está el derecho a su propia identidad lingüística, cultural y nacional. El derecho a identificarse con una nación cultural particular, con su memoria histórica, sus mitos y sus símbolos. Y que esta identificación, aun cuando viene predeterminada por el lugar o la familia de nacimiento, es libre y cada cual elige la que quiere, por suerte.

Olvida Ud. que este derecho -que yo prefiero pensar como un derecho individual, porque creo poco en los derechos colectivos, en los derechos de las naciones, como si de sujetos se tratara- es un derecho de ciudadanía que, aún siendo individual, se ejerce colectivamente, en comunidad, en grupo. Como ocurre con tantos derechos individuales, como el derecho de asociación o con tantos muchos sociales. Y por esto hay naciones (culturales) dentro del espacio cívico-democrático, en el seno de las cuales se ejerce este derecho de ciudadanía que es el derecho a la propia identidad.

Tiene Ud razón. Todos somos iguales. Pero a Uds. nunca les ha importado lo más mínimo la igualdad. Uds., con sus políticas fiscales regresivas, con su política educativa pensada para hacer de los colegios concertados refugios de las clases medias y medias altas, para evitar que se contaminen de los problemas educativos que provienen de la inmigración, con sus políticas de vivienda que han lanzado a la degradación los barrios más marginales de las urbes españolas, Uds. han hecho siempre todo lo que se les ha ocurrido para consolidar cuantas desigualdades injustas contaminan este país.

Lo que no puede ser es denunciar el nacionalismo catalán, vasco o gallego en nombre de la Nación cívica, y no denunciar el nacionalismo español que ha hecho sangrar este país durante siglos. Lo que no es decente es proclamarse anti-nacionalista, pero estar sólo en contra de un nacionalismo, el de los otros, y practicar el nacionalismo propio, el español, sin ningún tipo de vergüenza. Lo que no tiene nombre es apuntarse al “patriotismo constitucional” habermasiano y comportarse en las instituciones europeas como si de la reedición de la batalla de Breda se tratara, como hacía Aznar.

¿Será que el PSC -y con él una parte importante del PSOE- es el único partido no nacionalista de España? Los nacionalistas buscan modelos de Estado que no se corresponden ni con la letra ni con el espíritu de la Constitución. Los nacionalistas españoles pretenden un Estado centralista; los nacionalistas periféricos sueñan con un modelo confederal. Pero la Constitución, con el Estado de las Autonomías, abrió un horizonte federalizante, ni centralista ni confederal.

Por esto, el PSC se batió el cobre para que en el Estatut no figuraran ni los derechos históricos como fundamento de la soberanía, ni el concierto económico. Ambas propuestas eran propias de un confederalismo de lógica nacionalista, incompatible con nuestra inspiración federal y con el texto constitucional. De la misma manera que ahora nos batiremos el cobre para impedir que la modificación del Estatut en las Cortes responda a una interpretación nacionalista (española) -y en último término antidemocrática- de la Constitución.

Sr. Rajoy, deje por un tiempo en paz la paja en el ojo ajeno y preocúpese de la biga en el propio. Que encomendarse a la Nación de ciudadanos libres e iguales le sirva para sacudirse los kilos de nacionalismo español que impiden al PP despegar definitivamente al cielo democrático.


El Mundo Catalunya, 7 de desembre de 2005

El dilema del PP

¿Un suicidio político? Esto es lo que, a ojos de muchos, cometió ayer Mariano Rajoy con su declaración de que los populares no piensan apoyar en el Parlamento catalán la reforma del Estatut. Apenas unos días antes, el líder del PP catalán, Josep Piqué, había mostrado su predisposición a apoyar el Estatut si queda redactado en los términos del voto particular que el PSC ha presentado a la Proposición de Ley. Contradicción manifiesta, por lo tanto, entre el líder nacional, con Acebes y Aznar de apuntadores, y el líder regional.

El voto particular del PSC propone reducir a tres las competencias a transferir por medio del artículo 150.2 de la Constitución, deja en dos las Leyes Orgánicas a reformar en paralelo a la tramitación del Estatut en las Cortes, y elimina las inconstitucionalidades en el título relativo a las competencias. Rajoy ha declarado que no apoyará el Estatuto por ser “radicalmente contrario a la Constitución” puesto que, según él, “divide España en varias naciones”, propone un “modelo de financiación bilateral”, “incluye el artículo 150.2 de la Constitución en el Estatuto”, o “modifica leyes orgánicas del Estado”. Se sobreentiende, por tanto, que el PP no acepta el Estatut ni en el caso de que se apruebe con las modificaciones propuestas por el PSC para garantizar la plena constitucionalidad del texto.

A penas unas horas tardó CiU, esta vez por boca de Durán y Lleida, en declarar que en ningún caso piensa aprobar el Estatut si se reformula de acuerdo con el voto particular del PSC. Lo que es el máximo aceptable para Piqué, pero un máximo inaceptable para Rajoy, es un mínimo insuficiente para el partido de Mas. Perfecta coordinación –implícita- entre la línea dura del PP y CiU para impedir que el proceso estatutario salga adelante. Al mismo tiempo, si el PP rechaza el Estatut con el argumento de que supera con creces la Constitución ¿qué argumentos le quedan ya a CiU para no apoyarlo?

Rajoy busca desgastar a Zapatero con su rechazo a la reforma que impulsa el Parlamento catalán. Parece que el ala dura popular está persuadida de que, con un rechazo del PP, en el PSOE se acentuarán las contradicciones internas entre los federalistas, encabezados por el propio Zapatero, y aquellos que como Guerra, Ibarra o Chaves ven el proceso catalán con reticencias. Si el PP ataca con dureza, las tensiones en el PSOE pueden acabar por ser insoportables y, a la postre, puede que el Estatut -tal y como venga de Catalunya, con el necesario apoyo de CiU y ERC- acabe por ser rechazado en el Congreso. Un fracaso del Estatut sería, para el ala dura del PP, un fracaso no sólo de Maragall sino de la España federal de Zapatero.

Sin embargo, ante esta ofensiva del PP, Zapatero lo tiene relativamente fácil: se trata de aguantar la presión y de garantizar la cohesión interna del PSOE, al mismo tiempo que deja en manos del PSC la garantía de la total constitucionalidad del texto. En cambio, puede que para el PP esta estrategia de derribo tenga un coste político incalculable. Alejar al PP catalán del consenso estatutario es esquilmar dramáticamente sus expectativas electorales en Catalunya. Con CiU en la oposición y en horas bajas, esta era para Piqué la ocasión para asalto al electorado de CiU más conservador y más moderadamente nacionalista. Un buen bocado, sin duda.


Hay una pregunta que debería repetirse Rajoy: ¿puede el PP volver a ganar cómodamente en España sin resolver, de una vez por todas, el agujero electoral que tiene en Catalunya? Si la respuesta es no, han errado clamorosamente el tiro.
El Mundo Catalunya