19 de novembre, 2007

A un héroe de nuestro tiempo

Gracias Gregorio, por tantas y tantas cosas. Gracias por ser comunista: por creer en la posibilidad de una sociedad justa, más allá del capitalismo, una sociedad democrática donde el hombre, sus derechos y sus sueños, sea el centro de la vida, una sociedad sin explotación ni dominación.

Gracias por tu lucha clandestina, durante el largo y oscuro túnel del franquismo. Gracias por todo lo que cuentas de aquellos años en tus memorias. Gracias por no confesar el nombre de los camaradas del partido, mientras eras torturado en los sótanos de la policía de la dictadura. Gracias por la perseverancia con que tejiste unas frágiles pero heroicas redes de resistencia, jugándote la vida, tu junto a tantos otros tantos, a los que siempre que has podido has querido recordar. En los distintos homenajes que has recibido los últimos años –Medalla d’Or de la Generalitat, Honoris Causa de la UPC, Premio Internacional Alfonso Comín- no has desaprovechado ocasión para explicar que premiándote a ti se premiaba a todo un colectivo de luchadores, y que tu aceptabas el premio sólo y exclusivamente en representación de todos ellos.

Gracias por tu combate por la democracia y por las libertades. Gracias por tus años de secretario general, y luego presidente, del PSUC. Gracias por tu apuesta, junto con el Guti, a favor del eurocomunismo, por vuestra lúcida y generosa estrategia durante la transición. Gracias por hacer del PSUC el más admirado partido que haya dado la historia de la Catalunya del siglo XX.

Por cierto, gracias también por tu disputa con el Guti a propósito de tu relevo en la secretaria general: tu querías que el te sucediera, él quería que tu continuaras. Se trataba nada más y nada menos que del cargo más importante de la época, de entre las fuerzas políticas democráticas. Y no os peleabais por arrebataros el poder, sino para cedéroslo. Gracias por vuestro ejemplo de ética y de lealtad.

Gracias por creer en y trabajar por la unidad civil del pueblo catalán, vinieran de dónde vinieran cada uno de sus ciudadanos. ¿Cuántos días de tu vida, durante la lucha antifranquista, los dedicaste a repartir “Treball” clandestinamente, por todos los rincones de Catalunya, tu, un aragonés, a veces al precio de caminar horas y horas de un pueblo a otro, porque aquél era el diario de la clase trabajadora, pero también porque era el único periódico escrito en catalán en plena dictadura? Gracias por esto, también.

Gracias por abrir el PSUC a los cristianos por el socialismo, gracias por tu preciosa amistad -política y personal- con Alfonso Comín. Gracias por dejarte interpelar por su testimonio de fe, tu, un ateo de toda la vida. Según explica, con su entusiasmo habitual, nuestro común amigo José Antonio González Casanova, en una ocasión asististe a una conferencia suya sobre Alfonso, donde él habló mucho sobre Dios y sobre la fe de su amigo. Y al salir le confesaste: “Ahora he entendido, por fin, cuál es el sentido de la fe”.

Cuando el año pasado fuimos a tu casa a comunicarte que la Fundación Alfonso Comín, de la que habías sido patrono durante tantos años, había decidido darte su Premio Internacional, exaequo, con otro viejo insigne, el jesuita José María Díez Alegría, nos dijiste con tu ironía habitual: “¡Me habéis hecho una buena encerrona! Pensaba deciros que no lo aceptaba, porque es muy feo que la Fundación premie a un antiguo miembro de su patronato, y porque yo ya he recibido demasiados premios en los últimos tiempos. Pero ¿cómo voy a decir que no, si me lo concedéis conjuntamente con un cura? No puedo decir que no. Acepto por la ilusión que me hace hacer pareja con un cristiano como éste.” Gracias, una vez más.

Gracias, además, por tu compromiso incondicional con todas las causas justas del mundo, por tu internacionalismo solidario. En los últimos tiempos seguías con atención el movimiento altermundialista. Nunca faltaste, ni llegaste con retraso, a las citas de la historia. Recuerdo, aunque yo fuera sólo un niño, que fue a propuesta tuya que la Fundación dio su tercer Premio a un tal Nelson Mandela, en el año 85, cuando apenas empezaba a conocerse por el mundo el nombre de aquel preso. O cuando el año siguiente acompañaste a la presidenta de la Fundación a Nablús, a entregar el cuarto Premio a Bassam al-Shakah, que lo recibía en representación de la lucha colectiva del pueblo palestino.

Gracias, Gregorio, por tu bondad. Por hacernos entender que no sirve de mucho creer en la revolución, si no se hace desde un corazón limpio. Gracias por tu honestidad, por tu coherencia, por tu valentía y tu compromiso. Y todavía por muchas otras cosas.

30 d’octubre, 2007

¿Cómo deberían ser los partidos del siglo XXI? Del partido europeo a los partidos-red

¿Cómo serán los partidos del siglo XXI? ¿Cómo deberían ser? Sobre estas cuestiones, como es de suponer, se han escrito ríos de tinta. De entrada, habrá que reconocer que, por ahora, los partidos del siglo XXI son muy parecidos a los del siglo XX, puesto que el siglo XXI ya ha empezado y las organizaciones políticas, en lo fundamental, siguen funcionando como siempre. Pero ¿es razonable que mientras la sociedad cambia a un ritmo acelerado los partidos sigan igual? ¿Son útiles unos partidos propios de la era industrial en el nuevo mundo de la globalización económica, internet y las sociedades multiculturales?

Es difícil saber qué deberíamos hacer con los partidos políticos si antes no volvemos a preguntarnos por el propósito de su existencia. ¿Para que se inventaron, por qué nacieron? Podríamos dar a esta pregunta una respuesta de ciencia política, más o menos la siguiente: los partidos nacieron para hacer de intermediarios entre la sociedad y las instituciones que la gobiernan. Así, a medida que hemos ido avanzando hacia un sistema democrático los partidos políticos se habrían ido haciendo cada vez más necesarios, dado que esta función de intermediación entre ciudadanía y gobierno se ha hecho imprescindible para el funcionamiento mismo del sistema político.

La historia política moderna como proceso de democratización

Sin embargo, para la reflexión que queremos hacer aquí quizás sea más útil responder este interrogante con una respuesta de tipo histórico y retrotráenos, para ello, bastante atrás. ¿Qué han sido históricamente los partidos, en un sentido amplio de este concepto? Si echamos un vistazo a la historia de nuestro sistema político, desde el nacimiento del Estado moderno hasta, podemos encontrar un hilo conductor que ha ido guiando el proceso de cambio institucional: la democratización. En efecto, visto así, la historia política de Europa, a lo largo de la modernidad, sería la historia de la democratización progresiva del sistema político. Democratización entendida -de una manera sin duda particular- como el proceso de construcción de la ciudadanía como categoría política y jurídica, y de ampliación, profundización y extensión de nuevos derechos para los ciudadanos.

Así, el Estado Absoluto del siglo XVII funda y garantiza el derecho a la seguridad (como versión primitiva del derecho a la vida); el Estado Liberal clásico del XVIII se construye a partir los derechos civiles (libertad de pensamiento, de conciencia, de religión, de pensamiento, derecho a la propiedad privada, etc.) proclamados de manera solemne con la Revolución francesa; el Estado Liberal democrático del siglo XX añade los derechos de participación política (derecho al sufragio, derecho de asociación y de sindicación, etc.); y el Estado Social del siglo XX da carta de naturaleza a los derechos sociales (derecho a la salud, a la educación, derechos laborales, etc.). En síntesis, cada vez más derechos, mejor garantizados, para más gente.

Pues bien, los partidos han sido, en esta historia de la Europa política moderna, son los actores sociales que han impulsado este proceso de cambio institucional. Durante la modernidad, el cambio de un paradigma institucional al siguiente se ha dado, en muchas ocasiones, por medio de revoluciones. Los partidos han sido, en estos casos, los propulsores de estas revoluciones. Así, el paso del Estado Absoluto al Estado Liberal fue promovido por el partido liberal; y con ello no nos referimos a ningún partido en concreto sino a aquella parte de la sociedad que, organizada de modos distintos en cada país -a veces a través de partidos estrictamente dichos, pero no sólo- actuó para promover el cambio. De la misma manera, el partido socialista, en este sentido amplio del término, fue el promotor en la Europa del siglo XIX y XX el motor del cambio hacia el Estado Social.

Visto así, los partidos, en síntesis, no han sido más que el instrumento a través del cual se ha impulsado la democratización del sistema político, articulado durante la modernidad entorno del Estado. Y en lo fundamental, esto es lo que deben seguir siendo, si quieren ser algo. La gran diferencia es que, hoy, el Estado ya no es el terreno principal o exclusivo en el marco del cual llevar a cabo esta tarea.

Nuestra pregunta inicial, pues, queda redefinida. ¿Cuáles son las nuevas metas, las nuevas fronteras de este proceso indefinido de democratización que es, en realidad, nuestra historia política y del que los partidos, por así decirlo, no son sino meras variables? Señalaremos algunas.

El partido europeo

De entrada, ya lo hemos avanzado, la globalización se ha convertido en el gran fenómeno, el fenómeno fundante, que redefine las reglas del juego de nuestras sociedades actuales. Seamos un poco marxistas, por una vez, y admitamos que el cambio tecnológico es el que está determinando la marcha de la historia. Las TIC han dado paso a una nueva era, han permitido la emergencia de un capitalismo mundial integrado, han catapultado el conocimiento (ya no el capital, el trabajo o la tierra) como el factor productivo decisivo de nuestro tiempo, y han dejado al Estado nación obsoleto para regular los mercados.

Sin embargo la función del Estado Social, la última frontera conquistada del proceso de democratización, era precisamente ésta: controlar, desde las instituciones políticas democráticas, los desmanes del capitalismo. Es más, la izquierda moderna nació para esto y no para otra cosa: para humanizar –ya fuera vía reforma o vía revolución- unas sociedades industriales que el capitalismo convertía a la vez en lugares tan prósperos como injustos.




Así, el primer objetivo del proceso de democratización, hoy, es salvaguardar las conquistas de la modernidad en términos de derechos, de humanización de las estructuras sociales y de justicia. Para ello habrá que adaptar el Estado Social a la nueva realidad global. En nuestro caso, la manera de hacer esto es construir la Europa política. Hace falta la Europa política para rehacer a escala europea el Estado Social, para recrearlo de acuerdo con las reglas del juego de la economía del conocimiento, de los mercados globales. Hace falta la Europa política para regular la sociedad global, para contribuir a domesticar la globalización neoliberal y dotarla de reglas que pongan los mercados globales al servicio del desarrollo humano. Estado Social para adentro, Estado Social para afuera.

Y una Europa política necesita partidos europeos. Llegaremos a ellos por necesidad. Necesitamos partidos, por sí mismos, sean global players: actores que puedan influir a escala global. La izquierda europea tiene que encontrar los mecanismos de organización que le permitan tener una voz identificable en la sociedad mundial. ¿Un sueño? ¿Una utopía ingenua? No lo sé, pero partidos que sean global players, en tanto que partidos, existir ya existen: ¿acaso no lo es el Partido Republicano de los EEUU, o el Partido Comunista Chino? ¿Por qué no puede tener el ciudadano europeo de izquierdas un partido que lo represente en el concierto global? Pero para ello, insistimos, hace falta un cambio de dimensión: pasar de los partidos de escala nacional a otro partido, aun por hacer, de escala continental.

El partido ciudadano

Este proceso de readaptación del Estado Social tendrá que hacer frente también a otro fenómeno fundamental de nuestros días: el proceso de individualización -algo distinto de la cultura del individualismo- Individualización quiere decir que las vidas de cada cual cada vez son menos estandarizables, menos previsibles, menos seguidoras de un guión preestablecido. Individualización quiere decir, hasta cierto punto, pluralidad ética y cultural, quiere decir, si se quiere, democratización de las cosmovisiones. Pero la indivudualización es hija, también, de la nueva estructura productiva. La era industrial creó una clase media relativamente homogénea. El paso a una economía del conocimiento y de los servicios deshilacha la clase media: media clase media se hace pija, otra media se hace precaria, otra mitad ni una cosa ni la otra, y tantas otras mitades siguen un curso distinto a las demás. Muchas mitades, muchos itinerarios vitales inclasificables…

Ya no nos definimos como una sociedad de clases, sino de ciudadanos. Pero esto no significa que no haya clases, desigualdades, ni que las oportunidades no estén injustamente distribuidas. Todo lo contrario. Ocurre, sin embargo, que los factores de exclusión o de discriminación se diversifican y se mezclan en geometrías variables. Lo cual impide que, como antes, los individuos se sientan formando parte de grupos sociales amplios y homogéneos, con una problemática común. Ahora son, más bien, ciudadanos con un catálogo de problemas particular e intransferible. ¿Cómo reconstruir, en este contexto, los vínculos de solidaridad? ¿Cómo cuadrar el círculo que haga viable la justicia social y sus garantías institucionales, pero asumiendo los nuevos procesos de individualización? Los partidos (al menos los progresistas) han nacido para construir mecanismos públicos de solidaridad. Y en este nuevo mundo de ciudadanos “no agregables”, “no clasificables”, las instituciones –y los partidos que aspiran a ocuparlas- tienen delante de sí un reto ciertamente complejo.

El partido-red

Una última frontera del proceso de democratización es, sin lugar a dudas, el tan cacareado asunto de la participación, la profundización de la democracia y la proximidad. ¿Cómo organizar la función de intermediación y representación política en una sociedad más compleja, más diversa culturalmente, más educada e informada, más consumista y mediática, tecnológicamente más avanzada, más sofisticada y más frágil al mismo tiempo, más líquida, en suma, para decirlo en palabras de Z. Bauman?

El sistema económico es un espejo en el que nos podemos inspirar. Las empresas de hoy, como bien nos contaba M. Castells en su célebre trilogía, son empresas-red. Esto quiere decir que es organizan en una estructura flexible, hecha de deslocalizaciones, de externalizaciones, de unidades funcionales que se hacen y se deshacen. Cada vez sirven menos las viejas empresas fondistas, estructuradas como una pirámide fija. ¿Por qué este cambio? Para maximizar la productividad, para garantizar la competitividad ante unos mercados mucho más volubles que antaño.

¿Es posible hacer algo parecido con las organizaciones políticas? ¿Es deseable? El objetivo, en el caso de los partidos, ¿cuál debería ser? Obviamente, no podría ser otro que maximizar su productividad. Pero ¿qué es la productividad en el caso de los partidos? ¿Cómo la medimos? Como decimos, se trata de maximizar la productividad en términos de participación. No se trata de medirla en términos de votos, sino en su capacidad ya no sólo para representar, sino para incluir al ciudadano en el proceso político; su capacidad para “politizar”, es decir, activar el ser-político que, a priori, todo ciudadano, por el hecho de serlo, se supone que lleva dentro.

El proceso político tiene muchas fases y muchas actividades a través de las cuales se manifiesta: el debate, la movilización, la formación y la información, la deliberación, la toma de decisiones propiamente dicha, el control de las instituciones y los gobiernos, etc. Para maximizar la productividad en términos de participación, de la misma manera que las pirámides fordistas ya no valen para crear riqueza en el caso de la empresa, tampoco sirven ya los clásicos partidos políticos piramidales, herederos del centralismo democrático. Necesitamos partidos-red: no una sino una suma de organizaciones, de distintos tamaños, cada una con su especialización funcional, que tengan una relación a la vez de conexión y autonomía.

El partido-red es una estructura compleja –y hasta cierto punto dispersa- capaz de maximizar la participación política en la medida que cada uno de los nodos ofrece una puerta distinta y específica para “entrar” en la actividad política, ya sea mediante la reflexión o la acción. Contra la visión del siglo XX, según la cual la agrupación de fuerzas en una sola organización era la manera de fortalecer la capacidad política de los partidos, probablemente hoy los partidos políticos estrictamente considerados, si quieren ser efectivamente hegemónicos, deberán renunciar a absorberlo todo, controlarlo todo, dirigirlo todo, y conformarse con ser simplemente el nodo principal de una red plural y compleja, con mil nodos complementarios, que se intercambian información, ideas, decisiones y acción.

Lo más irónico del caso es que, probablemente, a día de hoy la mayoría de los espacios políticos, en nuestras sociedades democráticas, ya estén organizados así: de manera reticular y dispersa. Sin embargo, al analizar esta situación con el paradigma antiguo –con las gafas del fordismo político- esta realidad llena de posibilidades no es reconocida como una oportunidad y una riqueza sino como un problema. Por lo tanto, el reto de hoy es conseguir que las redes lo sean conscientemente, organizar-se en forma de partido-red de manera voluntaria y no por mera necesidad, sin saber muy bien por qué. Lo fundamental es que entre los distintos nodos haya una relación de cooperación, a la vez que de autonomía, que se reconozcan y se sepan especializar, y no que se nieguen, compitan o se boicoteen entre sí. Evidentemente, las TIC e internet, igual que en el mundo de la economía, es una herramienta imprescindible para acometer con éxito esta empresa.


No olvidemos que la participación y la proximidad pasan a ser, de manera espontánea, el polo compensatorio de la construcción de partidos supra-estatales, capaces de actuar como global players. Si para reconstruir el Estado Social y para gobernar la globalización hacen falta partidos europeos, es decir, si la política en cierta medida no tiene más remedio que alejarse, ¿de qué manera devolver al ciudadano la experiencia inmediata de la democracia, tan necesaria para mantener la legitimación de este sistema político? La participación y la proximidad no son sólo una consecuencia de los mayores niveles de educación de nuestras sociedades, sino fundamentalmente una necesidad dialéctica de una política (democrática) que necesita globalizarse para recuperar la eficacia perdida.

Los partidos del siglo XXI tienen que ser capaces, en síntesis, de desplazar simultáneamente la política hacia arriba y hacia abajo –o, si se prefiere, hacia fuera y hacia adentro-. Sólo así volverán a ser el instrumento útil al servicio del proceso de democratización continua, recuperando esa función que desde los inicios de la modernidad los ha dotado de identidad y de sentido.



Publicado en El Ciervo

16 de setembre, 2007

Las paradojas del Partido Democrático (y 3)

Artículo publicado en la sección "Vuelta al Mundo" de la edición de julio de 2007 de la revista El Ciervo

Como explicamos en los dos artículos anteriores, el Partito Democrático italiano -y su vocación de impulsar una nueva fuerza política europea- nos sitúa ante una interesante paradoja: por un lado, responde a una muy particular peculiaridad de la tradición política italiana y, por el otro, abre un necesario debate que, quiérase o no, incumbe a cualquier partido europeo de izquierda o centro-izquierda. Por un lado, seria la culminación de un complejo pero histórico noviazgo entre los democristianos italianos de izquierdas y los excomunistas procedentes del PCI. (Un matrimonio, ciertamente, que tiene el riesgo de ser una amalgama sin apenas perfil ideológico.)

Por el otro, aporta elementos que indican una necesidad de renovación del modelo de partidos todavía vigente, pero ya agotado. Fundamentalmente, tres. En primer lugar, la necesidad de crear un verdadero partido político de dimensión europea. La Europa política no es posible sin partidos europeos, pero la necesitamos como agua en mayo para impulsar una gobernanza democrática de la globalización. Sin gobierno europeo –y sin partidos que lo ocupen- esta vocación reguladora es imposible de desempeñar.

En segundo lugar, hay una fecundidad potencial en el encuentro la tradición socialista y la tradición católica. Coinciden en los valores centrales -la igualdad y una libertad que no tiene que ver con el mercado ni con el consumo- aun partiendo de bases filosóficas distintas. Si este encuentro sirve para que los católicos asuman de manera plena y completa la laicidad del Estado y para que la izquierda reconozca un valor positivo en la religión -en tanto que fuente de motivaciones solidarias- no habrá sido en vano.

Queda la tercera cuestión: la democratización de los partidos políticos. El Manifiesto del PD proclama las primarias como método irrenunciable para la elección de los candidatos. Cuando Maragall lanzó el debate sobre el PD en Catalunya, hizo especial hincapié en este asunto: “¿En EE.UU. quién elige a los candidatos? La gente. ¿Se hacen listas cerradas? No. En cambio, aquí el aparato del partido decide que el número 1 es fulano y el número 2, mengano y si tú te portas bien, irás en el número 3, y tú, ojo con lo que dices o verás... Es un sistema cerrado y burocrático.” Hace falta –vino a decir- que la relación entre representantes políticos y ciudadanos sea más directa, menos mediada por los partidos y sus aparatos.

Hay, en efecto, dos tipologías de partido, cada una con sus virtudes y sus riesgos. El modelo de partido “de aparato” tiene una estructura más leninista (recuérdese el viejo “centralismo democrático”), más Iglesia, donde los militantes están vinculados a una ortodoxia doctrinal que emana de la dirección. En el otro modelo, en principio los militantes miran más hacia fuera -hacia los electores- que hacia arriba -hacia los órganos de dirección- y, por tanto, parecería que tienen más libertad de movimientos.

En la mayoría de democracias europeas se viven los defectos de la primera tipología -llevados en muchos casos a su extremo-. La finalidad de la organización acaba por ser la organización misma. El reparto de cargos y prebendas se convierte en un mecanismo de control interno. Los militantes se comportan con sumisión, en la medida en que entiendan el partido como una vía de acceso a cargos públicos. Como explica Jordi Borja en un reciente análisis del PD: “los partidos estructurados, con una organización y una idiosincrasia propias, con historia y personalidad cultural, [tienen] un patriotismo ideológico y de aparato, que arrastran muchos intereses particulares vinculados a la permanencia.”

El riesgo de la otra tipología se vislumbra cuando ponemos los EEUU como referente. Si los candidatos tienen que ganar primarias, ¿acaban secuestrados por la financiación privada? ¿Puede el dinero acabar por sustituir al aparato en una tiranía sutil e indirecta? ¿Las primarias convierten el partido una organización de líderes y de electores, sin contar con el cojín intermedio de los militantes? ¿Pueden hacer que los partidos se orienten exclusivamente a los medios? ¿Pueden hacer, en consecuencia, que queden completamente desideologizados? Son riesgos a tener en cuenta.


Lo ideal sería conjugar las virtudes de ambos modelos, pero no parece fácil. Para muestra un botón, véase el desencuentro entre el aparato del PSF y su candidata Royale en las presidenciales francesas. Lo evidente es que el modelo actual de partidos, en Europa, parece agotado. Hay una exigencia de democratización de la vida política, que pasa por dos reformas -la de las instituciones y la de los partidos- que permitan avanzar hacia un nuevo modelo de democracia participativa. Los partidos, en efecto, no pueden tener el monopolio de las instituciones, que deben estar abiertas a los ciudadanos; y los aparatos no pueden tener el monopolio de los partidos, que deben ofrecer un espacio de participación real a sus bases y actuar con transparencia ante la opinión pública.

16 de juliol, 2007

Las paradojas del Partido Democrático (2)

Artículo publicado en la sección "Vuelta al Mundo" de la edición de junio de 2007 de la revista El Ciervo


El nuevo Partito Democrático italiano (PDI), como vimos en la Vuelta del mes pasado, es un fenómeno muy italiano, hijo de la especificidad de la historia política de aquel país. Pero al mismo tiempo –y ahí está su gracia- supone una aportación como mínimo interesante a la política europea, que podría abrir un debate relevante sobre el futuro de la izquierda continental.

Son tres las contribuciones, a mi parecer, no prescindibles, que PDI aporta:

1) La necesidad de construir un sujeto político europeo, un partido europeo, para culminar la construcción de Europa, hacer la Europa política y convertirla en el actor global que debería ser si queremos dirigir la globalización en la dirección adecuada. Dice el manifiesto fundacional del PDI: “Queremos (…) contribuir a renovar la política europea, dando vida, con el PSE y las demás componentes reformistas, a un nuevo y amplio campo de fuerzas, que supere la falta de orientación política en la escena continental. Y queremos concurrir a la construcción en el mundo de una nueva alianza entre aquellos que quieren hacer de la globalización una oportunidad para la mayoría, y no una ocasión para reforzar el poder y la riqueza de unos pocos.”

Sin duda, los partidos socialistas de la UE no han sido, por ahora, capaces de articularse en un único sujeto político europeo, es decir, dar el salto a la lógica federal. Siguen presos de la lógica nacional. La excusa ya la sabemos: mientras no haya un auténtico gobierno europeo, con sus propias elecciones, un verdadero PSE no será posible. Pero es como el pez que se muerde la cola: ¿qué va primero, el gobierno federal europeo o los partidos europeos que lo deberían impulsar? La sola amenaza del PDE puede ser un buen revulsivo para que el PSE avance en esta dirección.

2) Como el PDI ha nacido de un pacto entre ex-comunistas y católicos progresistas, ha obligado a sus promotores a hacer un profundo debate sobre la laicidad. El citado manifiesto habla de “el reconocimiento de la plena ciudadanía – y en consecuencia de la relevancia en la esfera pública, no solo privada – de las religiones.” Y concretamente afirma: “Las energías morales que emanan de la experiencia religiosa, cuando reconocen el valor del pluralismo, representan para nosotras un elemento vital de la democracia”. A mi entender, que la izquierda proclame tan abiertamente que sus valores requieren “energías morales” y que las religiones tienen ahí un papel que jugar es un paso decisivo en la evolución de esta anciana y noble tradición.

Proclama el nuevo partido que sus principios básicos son: la libertad, la igualdad, la solidaridad, la paz y la dignidad de la persona. "Estos valores -dice el manifiesto- tienen sus raíces más profundas en el cristianismo, la ilustración y su compleja y sufrida relación. Se alimentan tanto del pensamiento político liberal, como del socialista, como del católico democrático”. En un
artículo dedicado al PDI, el periodista Lluís Bassets escribe: “Un partido que recoja la tradición política más genuinamente europea. La socialdemócrata de un lado, y la demócrata cristiana de otro, dos variantes del socialismo cristiano, uno de tradición laica y otro de tradición religiosa, pero cristianos y socialistas ambos. Los dos partidos que han hecho Europa. Los partidos del Tratado de Roma. (…) Los partidos del modelo social europeo, justo en el momento en que se halla en crisis. Es el que lleva en el corazón el último padre de Europa que ha sido Jacques Delors.”

Si este encuentro de tradiciones no se salda en un simple giro al centro y una difuminación ideológica, para nada estimulante, entonces sin duda representa un reto apasionante que sería absurdo ignorar. La izquierda, sin duda, necesita inspiración: motivaciones limpias, raíces espirituales. De ahí que el encuentro entre la narración ilustrada (progresista) y la cristiana sea positivo, porque una pone la letra y la otra la música.

3) La democratización interna de los partidos. Sobre esto, hablaremos en la próxima Vuelta.